Este texto nos lo envía Eduard Barba Martínez de la Hidalga. Se trata de su testimonio sobre la experiencia vivida con el alcohol.

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Cuando mi esposa me subía en el coche para ingresar durante tres meses en un centro de tratamiento de adicciones, sentí un súbito e intenso miedo.

¿Cómo sería la vida sin alcohol? ¿Cómo podría afrontarla sin mi bálsamo y válvula de escape?

Al final de aquellas curvas mi vida cambiaría para siempre. No solo la salvaría, sino que renacería.

Lo veo ahora, tres años y pico más tarde.

Pero entonces todo era miedo.

Había accedido a someterme a tratamiento después de hacer un ridículo lamentable el día de mi cumpleaños, con unos amigos. Yo había estado bebiendo desde el mediodía, como cada día, y durante la tarde, como cada día. Y habíamos quedado para cenar con ellos. Durante la cena seguí bebiendo y al final fuimos a un chiringuito en la playa para rematar la celebración. En el momento de levantarnos, me vi incapaz de caminar, tropecé con las sillas y me caí. Muy digno, rehusé que me ayudaran, como siempre. Conseguí caminar unos metros, pero el mundo entero daba vueltas, como muchas veces. Estábamos a no más de trescientos metros de casa, pero mi esposa tuvo que ir a buscar el coche para recogerme. Una vez allí, mi amigo tuvo que ayudar a mi mujer a subirme al dormitorio y a desvestirme para meterme en la cama.

Por la mañana, una vergüenza infinita.

Por la mañana, intento de disculpas y la promesa de que moderaría mi consumo.

Mi esposa me puso ante mi evidencia.

—¿Cuántas veces mes has dicho que te moderarás? Y no puedes, no eres capaz. Necesitas pedir ayuda. Si no lo haces, cada vez pasaré más tiempo fuera de casa.

Y así fue como empecé a salir del infierno.

De un infierno en el que uno entra lentamente, sin darse cuenta de nada, a menudo desde muy joven. En mi caso, ya de adulto. Durante muchos años, especialmente los alcohólicos, no notamos nada. Es normal beber vino en las comidas. Después, al cabo de no mucho, también ves normal tomar una copa después de comer o cenar. «Ayuda a la digestión», nos decimos. Al poco ya son dos copas.

Luego, al salir del trabajo, no hay cosa más normal que tomar una copa con los compañeros antes de volver a casa. Al cabo de poco ya son un par de copas, o te vas directamente a cenar con los compañeros después del bar.

Ya empiezas a llegar a casa en malas condiciones, pero te convences de que es una temporada muy estresante en el trabajo y que necesitas relajarte con los colegas. Los compañeros de trabajo van siendo sustituidos por los que aguantan tanto como tú. Por tus colegas de consumo, que se convierten en “amigos del alma”, con los que tienes interminables conversaciones de una trascendencia lamentable.

Ya empiezas a notar que las mañanas son muy duras, que te tiembla un poco el pulso y que el desayuno no te sienta bien y acabas vomitándolo. En el trabajo, por la mañana, estás incómodo e irascible y esperas con ansiedad que llegue la hora de comer para poder empezar a beber. Las reuniones que tengas por la tarde, las puede anular tu secretaria. Si son muy importantes, a joderse, bebes un poco más para ir bien preparado.

No eres para nada consciente de que apestas a vino de menú y whisky barato. Tú no te hueles.

Empiezas a tomar decisiones equivocadas, como enamorarte, supuestamente, de quien no toca, y acabar rompiendo tu matrimonio.

El dolor por lo que has hecho, el sentimiento de culpa, y el fracaso de tu “enamoramiento”, te dan la excusa perfecta, ahora que vives solo, para ahogar las penas en alcohol. Sin control. Sin medida.

Como ya eres consciente de que tu consumo es abusivo, no tomas en bares. Vas directamente al súper a comprar el alcohol por cajas. Y no vas siempre al mismo súper, porque te da vergüenza que las cajeras te identifiquen.

Pero eso es al principio. Al cabo de unos años, pocos, ya te da igual lo que piensen las cajeras.

Dejas tu trabajo. «No los aguanto más», te dices. Empiezas un nuevo trabajo, eso sí, que te permita trabajar mucho desde casa.

Los temblores mañaneros aumentan de intensidad. Ya eres incapaz de desayunar algo sin vomitarlo. Cada día tienes menos apetito y comes muy poco.

Como trabajas desde casa, puedes empezar a beber antes de la comida.

Si algún día tienes que firmar un contrato o viajar para una reunión a primera hora de la mañana, es una tortura. Así que acabas la reunión, estés donde estés, buscas un bar para apaciguar ese infernal síndrome de abstinencia que te muerde el cerebro, aunque tengas que conducir de vuelta a casa. Eres prácticamente incapaz de firmar un documento. Te tiembla tanto el pulso que sale un garabato. Notas que el resto de personas te miran sin entender.

Cada vez estás más irascible. Cada vez te molesta más todo. Cada vez estás más deprimido. Eres perfectamente consciente de tu alcoholismo, pero no puedes ponerle freno.

No te atreves a ponerle freno. Aunque te mires al espejo cada mañana, y ese rostro demacrado, de color grisáceo, con ojeras, hinchado, te diga «hoy beberé menos», no puedes. A las once de la mañana ya te estás preparando la primera bebida.

Si has tenido suerte y has encontrado una nueva pareja maravillosa, la llevas al infierno contigo, le amargas la vida, la castigas con tus silencios o con tus discursos cargados de soberbia alcohólica.

La quieres con locura, pero le haces la vida imposible. Sabes que es lo único que te ata a la vida, pero la alejas continuamente.

Y, si eres muy, muy, muy afortunado, esa mujer, en vez de dejarte para salvarse de la locura en que se ha convertido su vida, te buscará el camino de la salvación, y emprenderéis esa subida por esa cuesta en la que te atenazará el miedo de pensar como será tu vida sin alcohol.

Y volverás a nacer.

Volverás a disfrutar de la vida, de ver un amanecer, de oír cantar los pájaros, de tener ganas de comer, de no vomitar cada mañana, de que no te tiemble el pulso, de no tener pánico a que se te acabe la bebida, de poder hablar con tu mujer, de afrontar la vida con optimismo.

De poder mirar la vida a la cara. Sin vergüenza.

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