El pez cebra es un pequeño habitante de las peceras caseras, aquellas que comparten espacio con simulaciones de barcos hundidos, restos que emulan ruinas atlántidas y algún que otro buzo de resina coloreada. Rara vez comparten hábitat con otros peces provenientes de las tiendas de animales. Son agresivos y territoriales, y suelen hacerle la puñeta a sus compañeros de acuario.

El pez cebra también es un habitante habitual de los laboratorios. Cada vez más. Su pequeño tamaño y su proximidad a los humanos (sí, nos parecemos más de lo que suponemos), ha hecho que estos animales se usen cada vez más en los laboratorios de todo el mundo. Tienen ventajas, como su tamaño (unos pocos centímetros), lo que hace que sean mucho más baratos de mantener y para experimentar. Por ejemplo, se necesita mucha menos cantidad de sustancia para tratar a un pez que al clásico ratón de laboratorio (estamos hablando de animales de un par de gramos en el caso de los peces a unos treinta en el caso de los roedores). Cuanto más grande es el animal, más compuesto se necesita para alcanzar las mismas concentraciones en sangre, y por tanto, más caros salen los experimentos.

Así que este pececillo, que se empezó a usar para investigación en la Universidad de Oregon allá por los años setenta por George Streisinger, se ha convertido en un modelo experimental ideal para la investigación de los efectos que producen las más variadas drogas, desde el alcohol a los opioides, pasando por alucinógenos. Además, este diminuto teleósteo nos da la oportunidad de analizar cómo los factores genéticos y ambientales se correlacionan con los procesos de adicción y de dependencia.

Usando el pez cebra podemos realizar los más variados experimentos para dar respuesta a las más variopintas dudas. Enunciemos pues la pregunta que encabeza este artículo ¿Se puede emborrachar a un pez? Para responderla lo suyo sería administrar algún tipo de alcohol al animal y ver qué le ocurre. Podemos estudiar también lo que le pasa cuando lo exponemos a cantidades crecientes de dicha sustancia.

En el siguiente vídeo se realiza un seguimiento a un pez (el que persigue el halo iluminado) al exponerlo a varias concentraciones de etanol; 0, 0’25, 0’50 o 1%. Aunque exista una gran lejanía entre el porcentaje de alcohol en sangre en humanos y al que exponemos al pez en el agua, podemos hacernos una idea de la correlación entre porcentajes. Si, por ejemplo, la tasa de alcoholemia permitida en nuestro país es del 0’50 g/L (0’25 mg/L en aire aspirado), su conversión a porcentaje peso/volumen sería de un 0’05%.

Hay que apuntar también que el experimento se realiza en un contexto social, es decir, en un grupo de peces. Esto nos permite analizar cómo se comporta un pez intoxicado de alcohol en un grupo de congéneres. Según los investigadores, el comportamiento que presenta el pez en soledad es completamente diferente a cuando se encuentra en grupo. Borrachera social y borrachera solitaria tienen comportamientos completamente distintos. Los resultados que se observan en el vídeo sólo se dan cuando el individuo está en grupo. Así que este experimento puede ayudarnos a comprender el comportamiento humano en condiciones de intoxicación alcohólica en un contexto grupal.

Ahora que ya sabemos de qué estamos hablando, veamos el vídeo.

Analicemos ahora qué pasa en el experimento. El observador no ve diferencias significativas entre la dosis sin alcohol o con 0’25%. Sin embargo con la dosis de 0’50% la actividad locomotora del pez aumenta considerablemente, incrementando drásticamente la velocidad. Con esa dosis, el pez alcoholizado se convierte en el líder del grupo. La cosa cambia cuando el nivel de alcohol aumenta al 1%. Con esa cantidad, su capacidad de natación empeora considerablemente. Está demasiado borracho como para seguir con resolución al grupo.

Veamos ahora otro vídeo. En el siguiente experimento se estudian las trayectorias de peces cebra intoxicados con cantidades altas de alcohol, desde 1% hasta 4%. Y como se puede ver, a mayor concentración de alcohol, menos movilidad muestran los animales.

Otros autores también han detectado que con dosis moderadas de alcohol los peces cebra empiezan aumentando la velocidad de nado, incrementando además el tiempo que pasan en la zona superior del acuario, lo que indica una conducta de mayor agitación y menor temeridad. El comportamiento natural de un pez es nadar cerca del fondo del río (del tanque en el laboratorio), donde está más protegido de los depredadores. Si un pez nada mayoritariamente en superficie es que ha perdido el miedo, otra consecuencia de la borrachera. Otras drogas como el LSD también hacen que los peces sean menos cautos y decidan comenzar a nadar en zonas menos seguras. Este comportamiento está relacionado con el aumento de los niveles de dopamina y serotonina en sus cerebros como consecuencia de la intoxicación alcohólica. Por el contrario, la eliminación del alcohol en peces adictos provoca episodios de inmovilidad (freezing en inglés, que creo que es más clarificador) y movimientos erráticos, y que se asocia a cambios en los niveles de cortisol.

No queda ahí el uso del pez cebra para el estudio del alcoholismo. Es también un fantástico modelo para estudiar el síndrome alcohólico fetal (o FAS, del inglés), el cual produce una serie de alteraciones físicas y cognitivas en los hijos de madres alcohólicas. En la ilustración de más abajo se describen los principales rasgos fisiognómicos de los niños con FAS (A), en comparación con las alteraciones observadas en fetos de ratones (B) y en larvas de peces cebra (C). En (B) y en (C) a la derecha se muestra un animal sano y a la izquierda un animal con síndrome alcohólico fetal. Se puede observar que los peces alcoholizados tienen la cabeza y los ojos más pequeños que los animales normales, las cavidades abdominales están mal formadas y las aletas laterales desplazadas.

Como vemos en estos ejemplos, el pez cebra permite estudiar el comportamiento de animales sometidos a procesos de intoxicación alcohólica, así como los efectos que produce la adicción o la dependencia. Permite además determinar la influencia de los componentes genéticos y ambientales que condicionan y controlan los eventos subyacentes al alcoholismo. Pero es que además sirven para intentar desarrollar estrategias terapéuticas (farmacológicas o nutricionales) que intenten revertir o paliar los eventos patológicos asociados al síndrome alcohólico.

Y para todo esto nos sirve un pequeñito pez que vive en los ríos de India y Bangladesh, allá en el lejano Oriente, y que llamó la atención a un investigador de la Universidad de Oregon, allá en el lejano Occidente. Estoy seguro que si han llegado hasta aquí, verán con otros ojos a este pequeñito que surca zigzagueante las peceras de las tiendas de animales de todo el mundo.

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