Las extrañas telas de araña fueron vistas por primera vez una mañana de otoño de 1948.

Tres años antes, el 6 de abril de 1945, se producía la mayor ofensiva de aviones suicidas de la historia. Durante la batalla de Okinawa, en la Segunda Guerra Mundial, los japoneses lanzaron el más feroz ataque kamikaze contra la flota norteamericana. Los pilotos nipones, incapaces de romper el muro de fuego envolvente de los cazas enemigos, se lanzaban directamente contra las defensas marítimas americanas. Cada avión japonés era una bomba. Los aviadores japoneses, anticipando su funesto fin, cargaban sus aviones con explosivos y se lanzaban en un viaje de no retorno hacia los portaaviones americanos, evitando un sacrificio en vano. No se trataba de comportamientos fanáticos, ilógicos o irracionales. Estaban preparados para tal fin. Habían diseñado minuciosamente su aterrador desenlace.

Cada mañana, justo antes de la salida del sol, la araña Araneus diademas teje su red, con una excelsa concisión y una sublime belleza. Una profusa tela que, a pesar de contener menos de medio miligramo de material, es fabricada por el animal para alcanzar más de veinte metros de longitud. La araña fusiona con precisión matemática cada punto donde el hilo cruza, en una milimétrica operación que se repite más de mil veces en una tela. Realiza su trabajo a gran velocidad, tejiendo sin descanso para fabricar su trampa mortal en menos de media hora. Moviendo sus patas con una estricta minuciosidad, calculando distancias, ángulos y tensiones, posicionando con una exactitud de relojero el siguiente nudo de hilo, respetando cada trazo de regularidad y de espaciado entre las fibras de seda. Y todo ello en completa oscuridad, antes de que despunte el alba.

La piel de los pilotos japoneses exudaba Philopon. Era la única forma de hacer la muerte más llevadera. La armada japonesa atiborraba a sus soldados con la droga del amor al trabajo. El estimulante ayudaba a los pilotos kamikazes a realizar largos vuelos y a hacer menos amargo el terror del instante en que se precipitaban desde las alturas, en los segundos previos antes de caer en picado, durante el zumbido sordo que precedía al atronador impacto sobre los barcos enemigos. En las factorías, el efecto del Philopon permitía a los trabajadores realizar largas jornadas sin necesidad siquiera de comer, produciendo más y más bombas en sus cadenas de montaje.

El profesor de zoología de la Universidad de Tübingen, Hans M. Peters, estaba obsesionado con la forma en que las arañas de jardín construyen sus telas. Y también estaba desesperado. Peters había intentado filmar durante meses, sin éxito, la construcción de las telas de araña. Los arácnidos tienen la insana costumbre de tejer sus redes a altas horas de la madrugada, y el bueno de Peters acababa durmiéndose en medio de sus investigaciones. Así que, tras los infructuosos intentos de observación, decidió pedir ayuda a Peter N. Witt, un joven farmacólogo berlinés de su universidad que trabajaba en el efecto de drogas psicoactivas en humanos.

El Philopon era producido por la compañía farmacéutica japonesa Dainippon. Se empezó a vender en 1941. Fue el doctor Kinnosuke Miura, en ese año, el que decidió sacar la droga del ostracismo para fabricar algo parecido a la Pervitina, la metanfetamina que usaban los pilotos de la Lutwafe, también llamada píldora de Herman-Göring, o de la Benzedrina, la droga hermana que los americanos ingerían en grandes cantidades para luchar en el frente. El Philopon empezó a usarse ese mismo año en los hospitales japoneses, y los estudiantes comenzaron a tomarlo para poder aguantar las largas noches de estudio, aunque la droga saltó rápidamente al frente militar, especialmente tras el comienzo de la guerra del Pacífico en diciembre de 1941.

Cuenta Witt la paciencia de los científicos, y de las noches en vela cámara en mano. Esperando somnolientos durante las madrugadas a que alguna de las arañas se decidiera a comenzar a tejer. Cuenta que el cansancio acumulado de la noche les hacía desistir, y como si de una señal se tratara, cuando estos abandonaban el laboratorio, los animales empezaban a tejer. Cuando los observadores volvían una hora después, las telas estaban perfectamente fabricadas y preparadas para cazar a sus presas. Parecía como si la presencia de los investigadores inhibiera el comienzo de la labor de construcción.

La metanfetamina fue descubierta en Japón en 1888. Nagayoshi Nagai, un científico de la Universidad de Tokyo que había trabajado años antes en la Universidad de Humboldt en Berlín, identificó la actividad en el extracto 33 del arbusto de la efedra, así que decidió llamar al compuesto M33N. Tres años antes, el propio Nagai había aislado la efedrina de la misma planta. No pasó nada más hasta 1919, cuando Akira Ogata, otro farmacólogo japonés, produjo la primera reacción de reducción de efedrina creando el cristal de metanfetamina. El descubrimiento durmió el sueño de los justos durante veinte años más, hasta que lo rescatara el doctor Miura para la Dainippon Pharmaceutical Company.

Tras mucha insistencia del zoólogo, Witt le propuso la única forma de arreglarlo que conocía: drogar a las arañas con psicotrópicos. Tal vez alguno de ellos hiciera que empezaran a tejer sus telas a horas más prudentes, aunque Witt no tenía ni la más remota idea de cómo iban a responder las arañas a las drogas. Así que preparó altas concentraciones de diferentes estupefacientes en agua azucarada y los aplicó minuciosamente con una jeringa en las bocas de las arañas. Desgraciadamente para Peters, las arañas no decidieron empezar a trabajar antes, pero el resultado de la elaboración de sus telas sorprendió a ambos científicos.

Durante la guerra, Japón sintetizó más de una tonelada de Philopon, y la distribuyó a precio de saldo entre su población, prescribiéndola desde niños a ancianos. Cuando acabó la guerra, miles de japoneses seguían enganchados al cristal, entre ellos los soldados. Tras la devastación del país, comenzó la escasez de comida para la población, aunque seguía siendo necesario que los trabajadores de las fábricas continuaran haciendo interminables jornadas de trabajo. Y lo mejor de todo, la empresa Dainippon Pharmaceuticals tenía grandes excedentes de la droga para vender. Así que el gobierno japonés decidió mirar hacia otro lado. Japón llegó a tener más de un millón y medio de adictos al Philopon.

Aquella fría mañana, Witt y Peters quedaron asombrados ante los patrones de construcción de las telas de las arañas. Los animales habían sido drogados el día anterior. Witt volvió a repetir el experimento unos días después. Y volvió a ocurrir lo mismo. Cada vez que los arácnidos recibían las preparaciones de anfetamina por la noche, a la mañana siguiente aparecían singulares telas mostrando aberrantes variaciones en la construcción geométrica de las redes.

El año en que las extrañas telas de araña aparecieron, Japón se desesperezaba de su sueño lisérgico. Las hospitalizaciones por el abuso del Philopon ascendían drásticamente, al igual que los crímenes relacionados con el tráfico y consumo de la droga. En 1951 la metanfetamina fue prohibida en Japón. En 1955 cincuenta mil personas fueron detenidas por crímenes relacionados con el cristal.

Cuando las arañas eran envenenadas con sulfato de anfetamina, los animales se retorcían y se movían con dificultad, pero todavía seguían siendo capaces de tejer su red, generando un patrón de giros espirales en las telas y una marcada falta de precisión en la estructura. Witt, a partir de entonces, dedicó sus investigaciones a analizar el efecto de la anfetamina en varias especies de arañas, observando en todas ellas el mismo patrón alterado en la fabricación de sus redes.

Hoy en día, el cristal sigue siendo la droga más popular en el país del sol naciente. La mitad de las detenciones relacionadas con la metanfetamina están relacionadas con la Yakuza.

Witt acabaría escribiendo un artículo en 1954 titulado Spider webs and drugs en el que describiría con elegancia cómo varían los patrones de tejido de las telas de araña según la droga administrada. En 1995 el equipo de Rachna A. Relwani, del Marshall Space Flight Center de la NASA, reproduciría los estudios de Witt, analizando la forma de las telas en arañas intoxicadas con psicotrópicos mediante avanzadas técnicas de estadística aplicadas a la cristalografía, computerizando las estructuras de las celdas de las telarañas, determinando su número, sus áreas medias, e incluso sus perímetros y sus radios. Witt, por su parte, tan sólo había podido analizar de forma rudimentaria la regularidad, el tamaño y la forma de las telas.

Fruto de todo ello hoy en día sabemos con detalle que las metanfetaminas alteran a las arañas y reducen el miedo de los pilotos suicidas, sabemos que alcanzan el sistema nervioso con suma facilidad, sabemos que liberan dopamina, norepinefrina y serotonina, sabemos que nos generan una sensación de euforia, de energía, que nos producen alucinaciones y delirios, y sabemos que nos quitan el sueño y el hambre. Lo que todavía no sabemos es si las arañas sospechan el origen de su locura.

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