¿Qué tipo de relación te une a tu familiar adicto?

Madre.

 

¿Cuántos años has convivido con él?

Desde que lo supe, unos dos años y medio.

 

¿Justificabas sus conductas ante los demás? ¿Por qué?

Totalmente, ante los que no fueran del núcleo familiar más íntimo. Incluso a sus hermanos, que residen fuera, intentaba no contarles ni la mitad de las cosas.

Con estos, más que justificar era omisión, para que no sufrieran inútilmente sin poder hacer nada en la distancia. Con los familiares, amigos y conocidos, simplemente para que no supieran nada y no lo pudieran estigmatizar. Además, yo sentía vergüenza propia y ajena y siempre tenía la esperanza de que la situación revirtiera y quedara en el olvido para poder hacer borrón y cuenta nueva sin que él perdiera todo lo que había conseguido.

 

¿Intentabas “controlar” su vida? ¿Con qué objetivo?

¡Totalmente! Y siempre lo que él se dejaba, evidentemente.

Primero, porque corría peligro. Segundo, para evitar que dejara el trabajo y fuera despedido de muy mala manera y finalmente, y aunque sabía que no podía ser, intentaba, con la relación que habíamos tenido siempre, lograr que cambiase sus hábitos como había sucedido en otros aspectos durante toda su vida.

 

¿ Desatendías alguna vez tus obligaciones o tus hobbies para controlarle/atenderle? ¿Tienes algún ejemplo?

Vivía totalmente pendiente de él.

Solo le dejaba para ir a trabajar. Y si en alguna ocasión tenía que ir a algún evento social del que no pudiera escapar o que incluso era conveniente para aparentar normalidad, tenía un sentimiento de culpabilidad muy grande.

Me sentía mejor sufriendo por él o junto a él.

 

¿Te sentías imprescindible? ¿Por qué?

La fragilidad física y mental a la que llegó, no permitía que le dejaras solo. No hubiera trabajado, ni comido, … Cuando se dejaba o aparecía, sí que era necesario e imprescindible que alguien cuidara mínimamente de él.

 

¿Has sentido angustia, tristeza, miedo, rabia? ¿En qué situaciones?

Durante meses, o los dos últimos años, he tenido todas estas sensaciones por separado y en muchas ocasiones a la vez.

La angustia y la tristeza vivían permanentemente conmigo, de día y de noche, a todas horas. La rabia aparecía mayoritariamente al oír sus mentiras, ver como destruía su vida, la impotencia que me hacía sentir… El miedo era constante y aparecía más por las noches y en general cuando él no estaba en casa.

 

¿Cómo eran tus noches?

Diría que ya no había ninguna noche normal. Si no estaba en casa, el miedo me invadía y le llamaba compulsivamente por teléfono o mandándole WhatsApps larguísimos y con reflexiones que él no quería oír. Así por lo menos creía que los leía.

Normalmente, lo hacía durante las noches en que tenía trabajo al día siguiente. Frecuentemente no contestaba, pero en las ocasiones en que lo hacía, aunque fuera mintiendo, me tranquilizaba sabiendo que no le había pasado nada muy importante. Cuando llegaba, al amanecer, todos nos quedábamos más tranquilos.

 

¿Te has reprochado algo sobre tu propia conducta hacia él? ¿Por qué?

Muchas cosas porque, al menos yo, he ido a ciegas. No tenía patrones escritos sobre qué hacer o cómo hacerlo. El mutismo y silencio que tienes con el exterior te cierra muchas puertas por no preguntar y por no pregonar.

Decidí dejarme llevar por el sentido común y mientras decidía ayudarle a las buenas, no me producía tanto sentimiento de culpa, sí impotencia y decepción. Sin embargo, cuando aplicaba lo que se conoce como “amor duro”, es decir, cortar por lo sano con alguna acción contundente y que por supuesto no era de su agrado, el miedo me invadía y tenía pánico a que mi actitud inflexible pudiera provocar en él alguna reacción más negativa, o perderle y no saber dónde estaba. No vivía hasta que encontraba alguna excusa para ceder y volver a aquella “normalidad” que estábamos viviendo.

 

¿Te has sentido culpable? ¿En qué sentido?

Sí .En muchos sentidos. En el que he expresado antes, en preguntarme constantemente: ¿qué habré hecho mal?, ¿cómo no me dí cuenta antes?

Ahora, y gracias a vosotros este gran sentimiento de culpabilidad ha desaparecido. Sí me queda algo de tristeza y aquello de: ¿por qué el?, ¿por qué a mi? Lo mismo que te preguntas ante otra enfermedad importante. Y acabas entendiendo que es de lo que se trata, de una enfermedad para toda la vida.

Te asedia la incertidumbre del futuro, y es aquí en dónde vosotros me dais paz y tranquilidad al saber algo muy importante: en el futuro nunca puede ser lo mismo ya que él y nosotros dispondremos de vuestra ayuda y la del centro. Este colchón que tenemos ahora cuando venimos ha sabido extender unas redes que te aportan seguridad y alivio en muchas situaciones. Y ante el futuro, vaya bien o mal, has conocido muchos profesionales y compartido con mucha gente, en tu situación, que siempre están ahí para escucharte y atenderte lo mejor que sepan.

 

¿Qué le pedirías a una fundación como la nuestra?

De momento que sigáis aportando la paz y el sosiego a familiares, parejas y a todos los que envuelven el mundo del adicto. No os podéis imaginar cómo vuestra labor llega a la mente y el corazón de los llamados “coadictos”. Yo no conocía nada de este mundo y  no siendo tan importante o urgente como el tratamiento del mismo paciente, el tratamiento de los coadictos es fundamental. Son los grandes olvidados y arrastran tras de si gran sufrimiento en soledad. Para mí, el saber un lugar donde se puede hablar de todo, con gente que te comprende y profesionales, como tú, María, no tiene precio.

 

¡Gracias por todo ello y enhorabuena!

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(Imagen: Bridget Riley)

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