—Te toca, Oihan —me dijo la terapeuta delante de todo el mundo— hoy vacías tu mochila.

Se lo había visto hacer a otros. Ese era el momento de sacar todos los monstruos que llevamos colgados de la espalda. Contar tu vida de consumo, contar lo que más te avergüenza, el daño que has hecho, las humillaciones a las que te has expuesto… abrirte en canal en definitiva. En ese momento yo tomaba mucha medicación y a día de hoy no recuerdo lo que conté, solo recuerdo a la terapeuta de entonces esperando a que yo hablara. Imagino que habría sacado ríos de rabia, supongo que eché la culpa de todo a mi familia, a mi ex y al trabajo. Porque ¿quién haría lo que yo hice sin motivo? ¿Quién quiere destrozarse así sin más? ¿Quién decide libremente reventarse a base de droga?

El hecho de “vaciar la mochila” cumple varios objetivos. Uno de ellos es el de sacar, soltar todo lo que uno lleva o cree que lleva dentro; pero hay otro mucho más revelador: es una forma de que te conozca el grupo. Gracias a ese chorreo, tus compañeros van a descubrir aquellos episodios de tu vida que te han servido para seguir consumiendo, van a detectar cómo los vives, qué emociones te hacen sentir y, lo que es más importante, los mecanismos que utilizas para engañarte. No hay rehabilitación posible si la persona adicta no va descubriendo su forma de articular las mentiras. Porque mentimos como bellacos y nos creemos todo lo que pensamos y decimos. Terminamos por no detectar las artimañas que elaboran nuestros pensamientos para llevarnos a consumir. Por ejemplo, yo estaba convencido de que mi vida era una mierda por culpa de los demás y que eso me llevaba a querer drogarme, que esa era la única manera de no sentir tanto dolor. Escupí ira a raudales que luego mis compañeros utilizaron para que yo lograra ver(me). Lo que nos decimos a lo largo de la vida es determinante. Nuestras conductas son una respuesta a aquello que nos decimos. Si yo me digo que mi vida es una mierda porque mi pareja me ha dejado pero no voy más allá, no observo qué pasó antes, no valoro ni siquiera la opción de que me dejara porque tenía motivos de sobra, mi respuesta siempre será furiosa y no podré integrar la experiencia. Solo me drogaré como un loco para apaciguar esa frustración.

En terapia la gente que te acompaña trata de hacerte de espejo para que mires con más profundidad. No lo hacen con consejos como podría hacer un amigo con el que te vas a tomar un café, ni con rollos sobre una buena gestión emocional como hacen los libros de autoayuda, simplemente te cuentan su experiencia y la adecuan a lo que conocen de ti, de esa forma te ayudan a ver qué está ocurriendo de verdad. A mí me flipaba cuando de pronto alguien hacía referencia a un episodio de mi vida contándolo desde su vivencia. En esos casos era capaz de verme, de ver a mi ex, de ver a mi familia y, de pronto, reconocía nuevas emociones en mí que trascendían la rabia. Eso lograba que integrara lo que experimentaba y le diera una respuesta distinta a la de consumir.

Contado así parece algo sencillo pero se tienen que dar meses de trabajo, de relación con el grupo, de cohesión entre todos, de respeto, de amor y de unas ganas brutales de querer recuperarte. Cuando miro desde mi perspectiva actual aquel primer año de rehabilitación siento un profundo vértigo. Apenas puedo reconocerme, pienso en los detalles a los que echaba la culpa y me horrorizo al darme cuenta de lo poco que se necesita para perpetuar el consumo a base de mentiras. Mi vida estaba llena de matices, mi sufrimiento iba mucho más allá de las circunstancias familiares, de trabajo o de pareja, el laberinto emocional y racional que había diseñado con tanta inteligencia y rebeldía, era imposible de desentrañar. Os juro que me quedo atónito cuando pienso en mi manera de sobrevivir atrapado en él. Y todavía más cuando descubro que no encontré la salida hasta hace apenas un par de años. El grupo y su capacidad para descifrar tu autoengaño es poderoso, pero te va a hacer falta una dosis enorme de humildad y honestidad contigo mismo para poder mantenerte lejos de la droga. Y por experiencia te digo que solo enfrentándote a tus miedos y a tus deseos, solo respetando al que eres, solo amando a todo lo miserable y bello que hay en ti, vas a poder vivir sin consumir.

No dejes que pase un solo día sin mirar lo que estás metiendo en la mochila. Aunque te mueras de miedo.

Cada cierto tiempo iremos publicando palabras, expresiones que se utilizan en el tratamiento y que van envolviéndonos en un contexto escrupulosamente terapéutico (las podréis encontrar todas en la etiqueta “ DiccionarioFMA”).

Porque para dejar las drogas todo cuenta, hasta el lenguaje.

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