Este texto nos lo envía Magdalena, una de las personas que forman parte del grupo de autoyuda que dirige María Aranzadi.

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Soy coadicta y estoy aceptando esta enfermedad gracias a que mi marido se está curando de la adicción al alcohol. Yo, al mismo tiempo, también estoy en proceso de curación de mi propia enfermedad: “LA COADICCIÓN”.

Os lo voy a explicar:

Es como si yo viviera en una habitación donde había ventanas y era feliz, tenía todas mis cosas controladas, y no me faltaba de nada… Los años pasaban y yo estaba plenamente convencida de que hacía todo lo que debía hacer (se lo había visto hacer a mi madre): ayudaba, controlaba, organizaba… Pensaba que todo funcionaba “gracias a mí”. Mi marido —al que yo protegía—, le quitaba importancia a lo que pasaba, minimizaba e intentaba colaborar “tapando” todo el problema. Se comportaba como si no pasara nada. Hasta que…

El día 20 de marzo del 2016 se convirtió en el peor día de mi vida (o al menos eso fue lo que pensé en aquel momento, aunque ahora, con la distancia pienso que fue el mejor). Ese día empezó la rehabilitación de mi marido, y algo totalmente inesperado: también la mía.

Tengo 62 años y sabía que había un problema en mi familia, concretamente con mi marido, pero como buena coadicta (es el nombre que me dijeron en la primera terapia, y con el que yo me quedé completamente destrozada al oírlo) siempre lo tapaba, disimulaba y terminaba perdonándole su “afición” al alcohol.

Soy hija de padre alcohólico (lo he descubierto durante el tratamiento), mi madre, lógicamente, era coadicta, y yo, desde pequeña fui adquiriendo el mismo comportamiento muy poco a poco y sin darme cuenta. Conozco a mi marido desde que éramos jóvenes así que toda mi vida he visto lo mismo. Por lo que siempre he pensado que podría ayudarle a superar el “vicio”, nunca pensé que era una enfermedad, desconocía completamente todo este mundo.

El 20 de marzo era domingo, yo había organizado una comida con todos los hermanos (somos siete), con la familia al completo: cuñados/as, sobrinos, etc… Fue una casualidad que pillase a mi marido “preparándose” para el evento: lo vi bebiendo a morro de la botella de whisky… Se me vino el mundo encima, y fue entonces cuando tomé la decisión: o se internaba en un centro y se rehabilitaba, o yo me iba de casa para siempre.

Aquel día la terapeuta me enseñó que había “una puerta “ para salir de esa situación, pero yo no la había visto en mi vida. Así que, junto a mis dos veteranas (María y Consol) inicié el camino hacia la “salida”, ellas me abrieron las puertas de par en par y… ¡ooooooh! ¡¡¡SORPRESA!!! lo que me esperaba fuera era una VIDA NORMAL, sin angustias, ni sobresaltos. Y, sobre todo, sin soledad.

Mi marido ingresó en el Instituto Hipócrates (doy gracias a Dios por haberlo elegido). Él ha hecho su proceso (todavía está en ello), y yo voy haciendo el mío. Al principio nos asustamos mucho los dos, tocamos fondo, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que era el inicio de la nueva vida que ahora estamos empezando a disfrutar.

Estoy tranquila y feliz, he tenido la ayuda de unas personas excelentes, profesionales que han logrado que yo sea capaz de ver que lo que vivía no era lo normal. Veteranas (familiares que llevan más tiempo en el proceso) que me han acompañado en los momentos más críticos… Gracias a ellas me he dado cuenta de que puedo vivir sin angustia y disfrutando de todo: familia, hijos, nietos y, por supuesto, de mi marido.

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