Este texto nos lo envía una chica que prefiere permanecer en el anonimato.

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Solía pensar que si me esforzaba lo suficiente, les disgustaría menos. Que quizá así no vieran cómo era en realidad.

Solía pensar que era una estafa con una bonita cara.

Me vestía como ellos querían. Trataba de que no se enfadaran. Que mi presencia resultara agradable, que sintieran un deseo irrefrenable de quererme.

Reía y bailaba. También era capaz de mirar con ojos de corderito degollado cuando las cosas se ponían feas. Tenía una habilidad extraordinaria para adivinar cuándo las cosas se ponían realmente feas.

Bebía, me drogaba, bebía otra vez. Me dormía, me levantaba, observaba a los que vivían conmigo y decidía qué cara iba a ayudarme ese día. Qué cara les gustaría más.

Tenía miedo. Tenía miedo durante todo el tiempo.
Excepto cuando me drogaba. Cuando me drogaba era libre.

Libre.

No tenía miedo. No buscaba la careta adecuada. No era una impostora. Y me convertí en una drogadicta.

Pero era algo más que una chica bonita capaz de darle a cada uno lo que necesitaba. Era algo más que una cara tierna capaz de empatizar y liberar al otro de sus malditos demonios. Era algo más que un contenedor del mal ajeno. Era algo más que un cuerpo que usar y unos oídos que inundar de mierda.

Era yo.
Era yo.
Era yo.

No una estafa. No una impostora. No una persona que no mereciera ser querida. No alguien que tuviera que esforzarse por ser amado.

No merecía lo que me hicieron. Nunca lo merecí. Y ahora estoy muy cabreada porque no me respeté. No me gusté. Y, por supuesto, no me quise.

La droga lo complicó todo mucho más. Y han tenido que pasar tres años de abstinencia para reconocerme como alguien merecedor de todo el amor que no me distéis. Que no me di. Y he decidido enfadarme con las personas que me hicisteis sentir que no me lo merecía. También con las personas que me hicisteis sentir una basura, y con las que convertisteis mi cuerpo en vuestro antojo.

Voy a permitirme enfadarme con todas esas personas durante los próximos cinco minutos. Luego trataré de soltar el enfado y dejar un espacio enorme para el oxígeno, la paz y, sobre todo, la libertad. Y lo compartiré con las personas que viven ahora conmigo y con las que hace poco que han llegado a mi vida. Porque con ellas me siento segura y puedo ser yo.

Porque yo soy importante.
Aunque dijerais lo contrario.

 

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(Imagen: Laura Makabresku)

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