Hoy escribo pensando en todas esas personas que están consumiendo hasta morir. Morir de abandono, morir de enfermedad, morir de agonía, morir de desesperanza.

Morir y no poder evitarlo.

Cada último día del año pienso en ellos, y pienso en mí hace una década. En mi último fin de año consumiendo: en aquellos malditos temblores, en las angustias que me zarandeaban después de cada raya, en las faltas de lealtad a aquella persona a la que amaba y en las faltas de respeto hacia todo aquel que me acompañaba. Pienso en mí porque pienso en ellos. Me duele de una forma atroz sentir que hay chicos, chicas, mujeres, hombres, ancianos y ancianas pasando por ese huracán de sufrimiento.

Si los deseos se cumplieran, si fuéramos lo suficientemente ingenuos para creer en ellos, pediría que todos ellos estuvieran esta noche en un lugar cálido y seguro, rodeados de personas que los quieran, que los cuiden, esas personas que son capaces de cogerte de las manos, de abrazarte, de mirarte y de decir «te quiero». Un «te quiero» sin miedo, sin pudor, con una sonrisa de alegría y una ilusión capaz de llenar de luz cientos de hogares a la vez.

Si se cumplieran, pediría que esos ratos duraran siempre, cada hora de este próximo año, cada minuto y cada segundo. Que el momento de amar se estirara lo suficiente como para que todos los que sufrís una adicción, sintáis que el otro es real, que podéis apoyaros en su espalda o sentaros en sus rodillas y abrazarle muy fuerte, que tiene capacidad de sobra para sacaros de la espesa oscuridad en la que vivís.

Si pudiera desear, desearía que todos nosotros fuéramos capaces de confiar en los demás, de pedir ayuda cuando la necesitamos, de respirar el aliento que nos regalan, de mirar al que nos cruzamos constantemente y verlo de una vez, de soltar una carcajada de felicidad y de paso liberar tensión. Desearía que nadie necesitara la droga para poder enfrentar la Vida. Desearía que todos empezarais a escribir “Vida” con mayúscula, igual que yo he empezado a hacerlo durante este último tiempo. Porque por fin he visto que no hay amor, ni esperanza, ni salud, ni confianza, si no hay una ganas locas de Vivir.

Las mías vienen de la mano de esta fundación, de todos aquellos que escribís sobre vuestras experiencias superando miedos y dinamitando estigmas; vienen de mi familia que siempre está ahí, dispuesta a subir descalza otra enorme montaña; vienen de aquellos amigos que escriben su historia con A, y también de los que lo hacen con el resto del abecedario; vienen de la que, valiente, comparte camino conmigo. Y vienen, sobre todo, del Amor que siento por todos ellos.

Por todos vosotros.

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(Imagen: Laura Makabresku)

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