Esta carta la escribe Jose Manuel Cajigas a Pablo, hijo de Aquilino.

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Un día de marzo te he visto llorar, y tu sufrimiento ha arrastrado al mío.

Tú has llorado porque eres valiente, porque has tenido el coraje de hablar de lo que te duele desde lo más hondo de tus entrañas. Y lo has hecho delante de tu familia, porque estabas rodeado de familia. Tu familia de siempre y una nueva familia que se ha ido formando. ¿Qué otra cosa somos? ¿Acaso no comemos juntos en la cafetería, no fumamos juntos al sol, no tratamos de ganar al parchís juntos, no reímos y lloramos juntos desde hace meses? Los enfermos adictos a las drogas y vuestros padres y hermanos, mujeres y madres, y el resto de parentela, formamos una nueva familia, a veces igual de enfermos y necesitados de ayuda.

Se necesita coraje, y tu valentía ha sido ejemplo para nosotros. No eres una mierda, eres magnífico, un tío estupendo. Llevo ocho meses viniendo a las faldas del Montseny y he visto a muchos adictos a las drogas y al alcohol, jóvenes y mayores, y ninguno era una mierda. Todos y cada uno me han causado admiración por estar en esta lucha, por su arrojo al seguir un tratamiento para curarse. Y tú, ayer, también me has admirado; hay que ser un hombre muy entero, un moderno “Mío Cid”, para enfrentarse al vacío interior, a las dudas que uno siente sobre sí mismo. Hay que ser una gran persona para desafiar a ese monstruo interior, identificarlo y combatirlo. No es un combate fácil y tú lo estás ganando, ¿cómo puedes pensar que no vales nada? Vales un Potosí, un reino entero, vales como un millón de hombres o como todas las riquezas de un continente. Vales todo eso y más, porque eres una gran persona.

Por mi profesión he conocido a personas muy notables, con mucho dinero, con mucha confianza en sí mismas, con importantes puestos, que dirigían grandes empresas o que tenían gran relevancia y reconocimiento social por su trabajo. Ninguno ha generado en mí la admiración que me producen los adictos en su tremenda lucha para ser personas libres. Tú eres, como tus compañeros, admirable. Nunca una mierda.

Te veo y veo a una gran persona. Y nunca he oído tu música, nunca te he visto con un saxo. Por eso mismo te quería escribir. Sí te he visto sin tu saxo y sé que eres magnífico, yo soy el indicado para decirte que lo eres sin necesidad de ningún instrumento de música. Cuando nacemos lo hacemos desnudos. No tenemos nada, ni hablamos, ni siquiera fijamos la vista en nada. En ese estado somos la mayor alegría de los padres. No necesitamos ropa, dinero, estudios o éxitos para hacer felices a los que nos rodean, y tampoco para estar a gusto con nosotros mismos. Basta con ser personas.

Tu padre Aquilino, quien tanto me ha ayudado con todo lo que ha ido contando a lo largo de los meses pasados, con su hablar preciso y pausado, no necesita un saxofonista. Necesita a un hijo. Nada más. A un hijo desnudo. A un hijo dispuesto a vivir con libertad.

Una persona que vive con libertad, que no tira su vida al estercolero, que no hace lo que dicta una sustancia u otra, nunca puede ser una mierda. Precisamente ha dejado de ser una mierda. Será una gran persona, tendrá el afecto de los que le rodean. El trabajo será uno u otro, pero será siempre secundario. Con la libertad recuperada te conviertes en un campeón invencible, y ahora mismo solamente con reconocerlo ya eres ejemplo para muchos; has llorado y es un paso más para recuperar tu vida y la persona que necesita tu mujer y tus padres.

Te animo a perseverar en esa lucha. He visto ayer a un hombre extraordinario, lleno de empuje, con un gran futuro, con la determinación de los guerreros aqueos que tomaron Troya y cuyas hazañas todavía hoy se cantan. Su nombre no se ha olvidado, son héroes. Pablo, tú eres un héroe, y no he visto ningún saxo.

He visto tus lágrimas y he visto a una gran persona, y allí no había ningún saxofón.

Un día de marzo te he visto llorar y sé que te veré sonreír los próximos marzos que han de llegar.

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(Imagen: Roberto Weigand)

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