Solía pasar mucho tiempo tratando de averiguar de qué humor estaba. Cualquier gesto me servía para anticipar lo que vendría después: «¡Eres igual que tu madre, una subnormal limitada!». Podía ser cualquier cosa, yo nunca era capaz de averiguar cuál era el activador. Siempre pensé que los problemas que se fue encontrando en la vida, hicieron de él una persona hostil, incapaz de amar a alguien más allá de sí mismo. Creía que si yo le proporcionaba algo de paz, si era capaz de hacerle sentir todo lo que lo amaba, dejaría de estar amargado y me trataría mejor.

Nunca se me ocurrió pensar que era el alcohol el que hacía que se comportara así. Lo había visto beber desde siempre, desde que éramos adolescentes. No me parecía que fuera un problema, de hecho yo bebía casi tanto como él. Los negocios no le iban bien y necesitaba salir y divertirse. Nos casamos muy jóvenes y enseguida me quedé embarazada, apenas tuvimos tiempo de disfrutar de la noche, los amigos, los viajes. Todo había ido demasiado deprisa.

Nunca llegó a pegarme y parecía que eso justificara todo lo demás. Cuántas mujeres habremos pensado que eso no es maltrato solo porque no nos han dado una bofetada. Mi corazón acabó completamente magullado, sangrante y acorazado. Todavía hoy no soy capaz de abandonarme al otro. No me fío. No me considero suficientemente merecedora. Aquella relación me cambió para siempre.

No me separé, murió. Aguanté más de quince años. A su consumo de alcohol se sumó el de cocaína y nuestro día a día se convirtió en un infierno mayor.

Cuando pienso en los años previos a tanto consumo, me sorprendo sintiendo algo parecido al amor, al respeto por él. Definitivamente, no era el hombre con el que vivía después. Nunca hubo una mala palabra, ni mal gesto, cuando discutíamos lo hacíamos de forma civilizada, apenas levantábamos la voz. Todo cambió de forma paulatina, y como digo, no pude darme cuenta de que aquello que estaba aguantando era un maltrato en toda regla.

Le diagnosticaron un cáncer fulminante. Murió a los pocos meses. Y no puedo decir que lo sintiera, la verdad es que me sentí liberada. Muy liberada… Hasta esta semana.

Por casualidad, me encontré con un artículo sobre la coadicción en esta web y de ahí salté a leer más artículos sobre la adicción. Algunos de los textos de Oihan me hicieron verlo reflejado, y de golpe sentí que se me había pasado por alto la cuestión del consumo como causante de todo el horror que vivíamos: ¿es posible que su naturaleza no fuera la de un maltratador?, ¿me hubiera hecho tanto daño si no llega a tomar drogas?, ¿debí darme cuenta e intentar ayudarle?, ¿fui injusta?

Todas estas preguntas se las planteé a Oihan en un mail y su respuesta me ha dejado algo más tranquila:

«Nunca nadie debe aguantar la agresión de su pareja. No importa si es adicto o no. No importa si son las drogas las que están detrás de un maltrato. Lo importante es salir de ahí. Es cierto que muchos de nosotros nos hemos puesto agresivos alguna vez después de consumir, o cuando estábamos con el mono, pero la pareja o los hijos no deben aguantar bajo ningún concepto nada de eso. No importa que sea un trastorno, lo primero es protegerse, después el adicto ya decidirá si quiere ponerse en tratamiento o no. Muchas veces me he preguntado cuánto de mí había detrás de mi forma de actuar mientras me drogaba, y la verdad, no sé qué decir. Yo me quedo con que una vez dejé las drogas, no he vuelto a pegar ni a insultar a nadie. Pero ese es mi caso y no todos son iguales».

Yo no tuve el valor de dejarlo, pero la vida se encargó. Hoy sigo intentado entender por qué se convirtió en ese monstruo.

 

Texto: la autora prefiere mantener el anonimato.
Imagen: Erika Kuhn

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