No me olvido de tu desesperación la última vez que intentaste evitar que me metiera una raya. Me agarraste del jersey y me empotraste contra la pared. Yo estaba fuera de mí, solo quería drogarme. Me hubiera gustado ser otro tipo de hermano. Uno que cuidara de ti y no uno al que cuidar desde niño. Porque tú también eras una niña y te tocaba vivirte. Yo sabía que siempre estabas ahí, y sabía que tú eras la única que me conocía de verdad. Que sentía quién era yo en el fondo. Y quizá porque percibías mi enorme sufrimiento, trataste de ser un escudo entre un mundo que me negaba, y yo.

Me hubiera gustado que no vivieras con ese peso, después, de adolescente. Que no tuvieras que sostenerme la cabeza cuando vomitaba, o que no te tocara meterme en la ducha medio inconsciente. Ojalá hubiera sido capaz de ver esos momentos en los que tú también lo pasabas mal. Me hubiera gustado. Me hubiera encantado ver más allá de mí mismo, de mis necesidades.

De mi ombligo.

Pero no podía. Quizá fuera un egoísta, quizá los que no vemos más allá de nuestra tripa, además de enfermos adictos, seamos unos enormes egoístas. Creo que es importante mirarse y cuestionarse un poco de vez en cuando. A mí me ha costado tiempo pero estoy en ello. Ahora puedo mirarme porque hay alguien a quien mirar, y eso me permite modificar algunas cosas que no me gustan de mí mismo. Y no me gusta haber estado ciego a tus circunstancias. Así que ahora trataré de abrir mucho los ojos y sobre todo expandir mi corazón. Amar de verdad todo lo que pueda. Quererte bien. Acompañarte por fin. Estar contigo.

Gracias por esperarme.

Imagen: Brian Rea

 

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