Descubrí que mi padre bebía cuando tenía ocho años. Yo acababa de llegar a casa, podía ir andando desde el colegio porque estaba relativamente cerca. Dejé la mochila tirada y fui a la cocina para merendar. No veía a mi madre y empecé a llamarla. Pero nadie contestaba así que subí las escaleras para ver si estaba en el baño. Y sí que estaba. Me dio miedo lo que vi. Mi padre colgado de la taza del váter, medio desnudo (hasta ese día yo no había visto sus genitales), vomitando y diciendo cosas horribles sobre mi madre al mismo tiempo. Ella le ponía una toalla mojada en la nuca y lo intentaba tranquilizar.

Mi madre me vio y me hizo un gesto para que me fuera: «Bajo en un minuto, cielo». Bajé asustado y me senté sobre la alfombra junto a mis figuras de Playmobil. Mi hermanita pequeña estaba en su cuna en silencio. Teníamos un perro que vino a lamerme toda la cara y yo sentí alivio.

Aquella noche mi madre, mientras me arropaba, me dijo que papá estaba enfermo, que le había sentado mal la comida en el trabajo. Yo la creí pero no dejaba de pensar en las frases que decía. Todavía hoy puedo sentir aquel miedo tan enorme.

Yo quiero a mi padre pero no logro perdonar lo que nos hizo. En el tratamiento nos dijeron que la adicción era una enfermedad y que el paciente no es culpable sino responsable. Y que para poder apoyarlo debíamos interiorizar eso. Pero entonces ¿qué debía hacer yo con todo lo que arrastraba de una vida junto a él? El episodio del baño fue el primero de cientos. Recién cumplidos los dieciocho me fui de casa. No podía seguir allí. Lo que más me costó fue dejar a mi hermanita. Me horrorizaba pensar en lo que estaba viviendo y, sobre todo, en lo que le quedaba por vivir.

¿Por qué mi madre permitió aquel maltrato psicológico? ¿Por qué no lo echó de casa? ¿Por qué no nos fuimos nosotros?

Hoy reconozco la coadicción de mi madre y lloro por no haberla podido ayudar. Murió hace un año. En ese momento mi padre tocó fondo y decidió ingresar en un centro de desintoxicación. Mi hermana y yo vamos a las terapias familiares, tratamos de entender, ponemos todo de nuestra parte para perdonar. Pero somos hijos del sufrimiento que se vivió en esa casa, somos víctimas de una enfermedad atroz que sigue sin visibilizarse como lo que es. Y nos queda mucho camino por hacer para lograr sanar heridas tan profundas.

Mi padre llora cada vez que nos juntamos. Siente no haber sido capaz de querernos, siente no haber sabido amar a mi madre. Sabe que ahora ya es tarde para todo. ¿Es tarde para que aprendamos a querernos? Los terapeutas dicen que lograremos construir la relación de nuevo, que conoceremos a un padre que no conocíamos, que todo será distinto a partir de ahora.

Y yo, aunque roto por dentro, confío. Siempre confío.

Texto: anónimo
Imagen: Pascal Campion

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