Hay pocas cosas que me hagan tan feliz como dar una charla con mi madre. Durante estos últimos diez años hemos pasado por todo tipo de cosas, algunas buenas y otras no tanto. La recuerdo, por ejemplo, mirándome tras sus gafas oscuras mientras yo trataba de hacer mi trabajo en un parque acuático en Catalunya. Entonces me sentía la bomba, era mi primer trabajo durante la reinserción (terrible palabra, por cierto). Me habían cogido para trabajar en el aviario, y me tocaba sacar a los guacamayos colocados encima de los brazos durante el show de la tarde. Me gustaba sentir las garras de los animales alrededor de mis muñecas, sentía que pertenecía a algo, aunque fuera a ese lugar plagado de turistas.

Aquella tarde mi madre estaba entre el público y yo me sentía más segura. No tenía tanto miedo como otros días. Salí con mis botas de agua y subí rápido los escalones para poder situar a los pájaros en su “casilla” de salida. Mi madre lloraba, esto lo supe al cabo de los años. Ella era consciente de mis dificultades, de mi falta de equilibrio, de mis temblores, de mi ingenua mirada llena de terror. ¿A qué? A todo.

Acabo de estar con unas amigas increíbles que conocí hace pocos días y les he contado alguna anécdota del parque. Con la distancia uno aprende a sonreír mientras explica las batallitas. Ellas saben que sufrí, como mi madre lo sabía entonces. Pero ya ha pasado y soy capaz de distanciarme al hablar de ello. Con mi madre, durante las charlas, pasa algo parecido: hablamos de cosas muy duras, yo como adicta rehabilitada (qué feas son las etiquetas) y ella como madre coadicta, pero lo hacemos desde una distancia prudencial que nos permite servir de espejo para otras personas que están pasando por un proceso parecido y que sufren de una manera terrible.

Cada charla nos ayuda a digerir aquello que vivimos, siempre nos reconciliamos con algún momento de nuestro pasado, y en todas ellas yo siento un orgullo enorme por mi madre. Por su valentía, su capacidad de amar y su generosidad a la hora de transmitir su experiencia a los demás. No conozco a persona más humilde que ella.

Así que hoy traigo una buena noticia porque la Fundación Centro de Solidaridad Interdiocesano de Huesca nos ha invitado a dar una charla este martes 26 de septiembre en Huesca. Tenéis todos los detalles en el menú de la derecha (Próximas actividades).

Ojalá podáis venir a compartir.

 

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