«Sabía que era más de lo que solía tomar, pero no podía frenarme, necesitaba sentir, sentirme bien, aunque fuera por un segundo. Lo hice… Me desperté en la habitación de un hospital y la enfermera me dijo: “Cariño has sufrido una sobredosis. Menos mal que tu marido te trajo rápidamente”». Este es el relato real de una paciente en tratamiento en un hospital psiquiátrico en Nueva York, una de las miles de personas que anualmente sufren una sobredosis de opioides en EEUU. Una de las afortunadas que sobrevivió a la sobredosis y no corrió la mala suerte de las 33.000 personas que murieron en 2015. Una de las miles de personas que han llevado al Congreso de los EEUU a declarar una “Epidemia de Opioides”.

En Junio de 2015, en plena crisis de los opioides, el Dr. José Morón Concepción, actualmente en la Washington University de San Luís (EEUU), recibió una llamada de la Agencia de control de drogas y alimentos (FDA, siglas en inglés de Food and Drug Agency). En aquella llamada se le invitaba a participar en un gabinete de crisis con la finalidad de analizar la situación actual del consumo de opioides. A través de la National Academy of Science and Engineering and Medicine y por requerimiento de la FDA, se organizó a un conjunto multidisciplinar de profesionales para formar un equipo especializado que describiera la situación de emergencia con los opioides y encontrara una ruta a seguir para contener dicha la situación de crisis.

Desde el laboratorio del Dr. Morón, en el que la autora trabajó durante varios años, acabábamos de publicar un artículo en la prestigiosa revista científica The Journal of Neuroscience con datos experimentales en un modelo de rata que revelaban que la presencia de dolor modifica la respuesta normal a los opioides (ver Lucía Hipólito y colaboradores, JNeuroscience 2015). Es decir, nuestros resultados sugieren que una persona que padece dolor crónico no experimenta los mismos efectos que otra persona sin dolor tras la toma de fármacos opioides de uso frecuente en clínica como el fentanilo, la oxicodona, la buprenorfina o la morfina.

Todos estos fármacos opioides son sustancias que tras ser ingeridas activan el sistema opioide endógeno en el sistema nervioso. Es decir, se unen a pequeñas moléculas, llamadas receptores opioides que están presentes en muchas neuronas de diferentes áreas del cerebro. A través de esa unión y su activación, modulan la actividad de estas neuronas. Este hecho se traduce en que el sujeto experimenta los efectos de los opioides, que principalmente consisten en una reducción del dolor y una modulación de la conducta. El primer efecto es claro, los opioides producen una potente analgesia  y es por esto por lo que se utilizan como medicamentos para tratar el dolor. El segundo efecto de los opioides es bastante más complejo y es todavía materia de debate entre científicos de todo el mundo. Lo que sí que parece claro es que los opioides endógenos, o sea los producidos naturalmente por nuestro cuerpo, son clave en el control de lo que en psicología se denomina conductas mediadas por refuerzo.

¿Y qué son estas conductas mediadas por refuerzo? La explicación es sencilla en cuanto a planteamiento, pero muy compleja en cuanto a su funcionamiento. Tanto los humanos como otros animales adaptamos nuestra conducta para obtener refuerzos positivos (situaciones positivas y agradables) y evitar refuerzos negativos (situaciones desagradables). Muchas situaciones que permiten la subsistencia de nuestra especie son refuerzos positivos, como por ejemplo la comida, saciar la sed o el sexo. En el cerebro, los opioides juegan un papel muy importante en la señalización de estas recompensas o refuerzos, que hacen que los individuos modifiquemos nuestra conducta; es decir, estamos motivados por obtener el refuerzo, realizando cualquier esfuerzo necesario para obtenerlo. De este modo, aprendemos a realizar una determinada secuencia de acciones para obtener los refuerzos positivos que finalmente se puede establecer como una conducta habitual. Por poner un ejemplo sencillo, podemos enseñar a un niño a hacer pipí en el orinal a través de refuerzos positivos. Finalmente el niño asocia el pipí en el orinal a ese juguete que tanto le gusta, con lo que adquiere el hábito hacer pipí en el orinal para tener el juguete. Lo más interesante es que una vez el niño ha creado el hábito, el juguete (el refuerzo) pierde importancia, pero el niño sigue haciendo pipí en el orinal.

Las drogas actúan sobre este proceso natural e imitan de una forma muy potente y eficaz los procesos neuronales que se desatan cuando el individuo se encuentra ante un refuerzo positivo. Al igual que el refuerzo positivo, la droga será el motor de aprendizaje de una serie de conductas para obtenerla. En el individuo que consume drogas, esta acción puede convertirse en un hábito, en el que la droga va perdiendo valor, pero el hábito permanece y es muy difícil, cuando no imposible, de controlar. De este modo, y en palabras de la Dra. Mary Jane Kreek, pionera en el desarrollo de la terapia para la deshabituación de heroína con metadona, los opioides son la base de la analgesia y de la adicción, ya que intervienen en la señalización de refuerzos,  y tienen especial importancia en el caso de la adicción a los opioides y al alcohol.

Volviendo a nuestros hallazgos en la interacción dolor-adicción, es muy importante resaltar qué cambios en el funcionamiento normal del sistema opioide endógeno pueden finalmente modificar la conducta de los individuos, que puede tener consecuencias mayores cuando hablamos de consumo de drogas opioides. En nuestros experimentos, la sola presencia de dolor es capaz de modificar la función de los opioides, haciendo que el sistema nervioso no reciba con la misma intensidad estos refuerzos. En otras palabras, una dosis de opioide que normalmente induce una sensación emocional reforzante (o “high” en inglés, “subidón” en español), no producirá este fenómeno en presencia de dolor. Esta falta de efecto se traducía en nuestras ratas experimentales, y también en estudios con pacientes, en un aumento desmesurado del consumo de heroína y una mayor motivación por la obtención de dosis elevadas. Realmente este hecho pone en riesgo de recaída o de sobredosis a aquella persona que conociendo los efectos de los opioides, no los encuentra cuando los toma para aliviar su dolor físico y/o emocional, y por tanto busca y busca más dosis de forma incontrolada. A este hecho se le une que la presencia de dolor crónico coloca a los enfermos en una situación de desesperanza, tristeza y falta de energía, que en algunos casos mal tratados, puede llevar a estos pacientes a probar otros opioides o a incrementar progresivamente su dosis.

En el caso del adicto, es todavía más problemático. El adicto ya conoce los efectos de la droga, además experimenta sensaciones emocionales negativas (también señalizadas por opioides). Estos pacientes sufren una intensa necesidad, incontrolable y patológica, derivada de esos cambios en el funcionamiento de los receptores opioides endógenos, de encontrar más sustancia que le alivie su dolor emocional y físico. Y cuando por fin se administran una dosis, su efecto no es el mismo de siempre, no sienten lo que antes sentían. En estos casos, ¿estarán abocados a la búsqueda en el mercado ilegal? ¿abocados a la búsqueda de opioides más potentes? ¿abocados a la heroína cuando no consiguen más opioides con receta?

Millones de estas situaciones movieron al Congreso de los EEUU a analizar la situación y a encontrar soluciones. Así reza el reporte realizado por “los que más saben de opioides” en EEUU: necesitamos mejor formación de los sanitarios, mayor control de las prescripciones, mayor educación social y más fondos para investigar y encontrar las soluciones. Investigar nos ayudará a entender estas situaciones, porque quizá la clave esté en curar las emociones, para poder curar luego los dolores.

2 comentarios

  • Samudra

    Afirmativo
    La clave es tratar la causa y en consecuencia, … curar.
    No es el camino fácil y rápido que el afectado desea y tampoco conveniente ni rentable para una parte de la Industria y Sociedad de Consumo que promueve, en huida hacia delante, la cultura de la recompensa rápida.
    Es la práctica que hace al monje para finalmente vestirse con los hábitos.
    1 Abrazo.

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