El tratamiento en el que me recuperé, y el tratamiento en el que trabajo cuentan con terapeutas con una característica muy especial: Somos adictos recuperados.

Anteriormente había hecho otro intento de recuperación en un tratamiento de otro tipo que, por diversas razones, había fracasado. Creo que una de las principales es que los profesionales que me atendieron eran eso… Profesionales. Mi relación con ellos era correcta y cordial, pero siempre marcada por la distancia que imponen la bata blanca y el cartelito colgando con su nombre y su cargo.

Tengo un recuerdo especialmente bueno de la educadora que trató de ayudarme. Era una chica muy amable y cercana, se notaba que tenía un interés verdadero en nuestro bienestar y que estaba implicada en lo que hacía. En una ocasión, organizó una terapia de grupo con otros pacientes, y en el transcurso de la sesión, estuvo tratando de motivar a un compañero para que se mantuviera abstinente, el chico tenía unas ganas de tomar importantes.

La educadora buscaba nuestra complicidad para que ayudáramos y convenciéramos al chico, pero lo único que encontró fueron miradas que la rehuían, comentarios políticamente correctos pero vacíos y algún que otro “él sabrá lo que hace”. En un lado estaba ella, la profesional, y en el otro nosotros, los drogatas, entre los que reinaba una especie de “pacto de no agresión”.

Ese día salí del centro sabiendo que el compañero se iba a ir a consumir ese mismo día, y de hecho, no tardé mucho en seguir sus pasos.

Años después, en mi segundo intento de tratamiento topé con unos profesionales muy diferentes. El recuerdo más significativo, en esta ocasión, se refiere a la primera visita que tuve con Nati, mi terapeuta. Las preguntas eran diferentes, el lenguaje era diferente, se notaba que esa mujer sabía de lo que hablaba, no era fácil colarle un gol. Cuando intentaba minimizar mi consumo o justificarlo, me desmontaba el discurso sin ninguna piedad. No había ese toque paternalista en su mirada, el “pobrecito de mí” a ella no se lo iba a colar. Cuando me puse nervioso, y le lancé una de mis famosas miradas de odio no se amilanó, me dijo que lo que tenía yo era el síndrome de abstinencia, que ella también lo había pasado muchas veces, y que mi promesa de dejar de consumir no me iba a durar ni hasta el día siguiente:

—Si quieres curarte ya sabes lo que tienes que hacer —dijo.

Salí de esa primera entrevista cabreado como una mona, diciendo que ese lugar era una mierda, y que se creían muy listos. Pero en menos de 48 horas estaba llamando nuevamente a Nati y pidiéndole hora para empezar el tratamiento. Todo lo que había dicho era verdad, y yo lo sabía de sobra. Con el tiempo, ella se convirtió en una persona muy especial para mí, un referente, una especie de “segunda madre”.

Decía Guillermo Borja que “el terapeuta es el primer enfermo” (1995:23)[1] , y creo que precisamente esa es la característica que hace que un terapeuta adicto recuperado obtenga mucho mejor resultado al tratar la adicción de un paciente.

El terapeuta enfermo conoce de primera mano el proceso que recorre un adicto, ya no por la formación académica recibida o por la experiencia laboral acumulada, sino porqué lo ha vivido en primera persona, ha experimentado situaciones y sensaciones que son difíciles de entender para alguien que no las haya vivido.

El terapeuta enfermo sabe lo que representa estar esperando a un camello que no llega, o buscar grumos y restos por el suelo cuando ya se ha acabado lo que había.

El terapeuta enfermo rompió él mismo, una y otra vez, la promesa que se había hecho a sí mismo de no tomar al día siguiente. Y llegó a tal punto de desesperación que aceptó dejarse ayudar, a pesar de que su cabeza le ponía cien mil excusas para que no lo hiciera.

El terapeuta enfermo empezó un tratamiento sin entender nada, renunciando a un montón de cosas que hasta entonces parecían muy importantes, aprendió a ser humilde, tuvo que agachar la cabeza y dejarse llevar, para un tiempo después, darse cuenta de los cambios que se estaban produciendo en él y sentir las gratificaciones de la abstinencia.

El terapeuta enfermo cambió sus hábitos, cambió sus actitudes, dejó de culpar a los demás y aprendió a responsabilizarse él mismo. Y no lo hizo porqué fuera un iluminado o por cuestiones de principios, no, lo hizo por supervivencia.

El terapeuta es como un viejo que ya recorrió el camino, y esta actitud no se puede transmitir con palabras. Nuestra presencia la marcan nuestras arrugas y las heridas cuyas cicatrices son visibles para el paciente. (…) Al entrar en una psicoterapia profunda la única curación que uno puede brindar es la que surge de haber reconocido el sufrimiento y el dolor en uno mismo, y haberlos trascendido.” Borja (1995:43)

Haber recorrido ese camino y haber trascendido ese mismo dolor a los que ahora se enfrenta el paciente, confiere al terapeuta adicto recuperado una autoridad especial en la relación entre ellos.

Eso permite que cuando haya que mantener una confrontación, en ocasiones dura, el paciente no lo viva con tanto rechazo y esté más dispuesto a escuchar y a ponerse en duda. Al fin y al cabo, sabe que el terapeuta no le juzga despectivamente, ya que ha pasado por situaciones muy parecidas, y comprende que son producto de la enfermedad.

Del mismo modo, cuando el terapeuta establezca pautas, exija renuncias, y dé o no dé permisos, será más difícil para el paciente justificar el hecho de no cumplirlos, teniendo en cuenta que el terapeuta no pide nada que no haya tenido que hacer él mismo en su momento.

Pero no se trata solo de autoridad, sino que tal vez más importante aún, sea el reconocimiento mutuo que se genera en la relación terapeuta/paciente. Es difícil de explicar con palabras la empatía que se llega a producir entre ambos en muchas ocasiones. Se trata de esa clase de relación en la que una mirada, un silencio, una mano en la espalda, o un abrazo, llevan consigo un montón de significados.

Recuerdo una ocasión en que di a leer un texto a los pacientes en el centro de día y propuse que alguno de ellos lo leyera en voz alta. Era un texto que había escrito yo mismo para Vidadespuesdeladroga, y que hablaba del compromiso de cada uno de nosotros con nuestra recuperación. El chico que leyó el texto era una persona con una historia de consumo muy dura, que había pasado 15 años de su vida en la cárcel, y lo leyó lentamente, deteniéndose en cada frase, enfatizando las palabras clave. Fue impresionante.

Cuando terminó, todos los pacientes se giraron hacia mí, esperando el comentario o el análisis habitual. Pero yo no podía hacerlo. Estaba llorando en silencio, dos lagrimones enormes luchaban por saltar de mis ojos y un nudo me atenazaba la garganta. Tuve que respirar unos segundos para finalmente poder decir algo. Dije “gracias”.

Ningún paciente tuvo que preguntarme qué me había pasado. El texto era muy claro. Mi reacción era muy clara. Mis cicatrices son visibles para ellos. Lo comprendieron perfectamente. Alguien me hizo una carantoña, otro me lanzó un comentario de apoyo y dimos la sesión por terminada.

Con el paso del tiempo me he dado cuenta que muchos de los que estaban ese día en la sala lo recuerdan perfectamente. Les marcó ver a la persona detrás del profesional. Les sirvió para interiorizar muchas cosas. Aunque hay que reconocer que ese día, a quien más le sirvió la terapia fue a mí: El terapeuta enfermo.

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[1] Borja, G. (1995). La locura lo cura. Barcelona, La Llave.

(Imagen: Anne-Sophie Tschiegg)

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