Este texto nos lo envía Cristina, una de las personas que forman parte del grupo de autoyuda que dirige María Aranzadi.

**

Tener a un monstruo por hermano no es fácil, es una tortura. La fraternidad te obliga a querer a alguien que solo te trata con desprecio, que te insulta, te pega, te ignora, te esquiva, a alguien por quien tienes que sufrir, llorar, preocuparte, querer aunque la lógica te diga que eres masoquista.

Mi hermano, un cactus enorme, muy alto, que solo sabe pinchar, muy majestuoso pero excesivamente doloroso. Solo con rozarle lloraba sangre.

Ni caricias, ni abrazos, ni besos, ni te quieros. Solo odio, rencor, silencio, vacío, envidia, nada más entre nosotros en una realidad continua, día tras día, 24 años.

Según me cuentan mi hermano me pidió, no calló hasta tener una hermanita, pero incluso mi primer recuerdo con él es amargo. Siempre nos tuvieron que mantener separados, bien lejos el uno del otro, nunca podíamos jugar juntos más de 2 minutos, ni siquiera estar en la misma estancia, siempre me hizo sentir que no formaba parte de su mundo, ni en el colegio, ni en casa.

Mi hermano mayor, un perfecto desconocido con quien me llevo 5 años de diferencia, que no quiso ni abrazarme el día de mi comunión con 9 años, en cambio yo recuerdo como me volqué hacía él, la primera vez que le vi borracho ese mismo fin de año. El tenía unos 14, y estaba en casa de una amiga suya en un pueblo cerca de Lleida. Recuerdo entrar en esa casa, ir hacia el baño con mi madre, y verlo tirado en la bañera, vomitando, blanco como las baldosas, ahí tirado, y la madre de la niña de la casa llevaba una bandeja con café y sal para todos los muchachos borrachos, medio-hombrecitos en crecimiento destruyendo su futuro. Le metimos en el coche, el escondía la cabeza entre todos los abrigos que le pusimos encima, entre ellos el mío. Estaba helado y azul, tenía miedo de que se muriera, literalmente. Una vez en casa, mis padres lo metieron en la ducha, generaron un contraste de temperaturas, y luego lo metieron en la cama. Recuerdo que no había suficientes mantas en casa para cubrirlo, hasta mi padre se tumbo encima de él para que entrara en calor. Al día siguiente, nos juró en la cocina, que jamás volvería hacerlo. Que ironía.

Conforme iba creciendo se iba convirtiendo en un hombre, y sus impulsos parecían desmesurados. Un día, revolviendo entre sus cajones —yo que también era una cotilla ya con 10 años— encontré nada más y nada menos que una veintena de revistas pornográficas, como una decena de películas X, e incluso una se la dejó puesta en el vídeo dónde yo veía Mulan. Fue gracioso cuando yo me chivé a mi abuela, y entonces él se puso nervioso y rompió el reproductor de vídeo intentando sacar la cinta con un cuchillo. Que pena tener esos recuerdos.

Cuando ya podía tener móvil, a eso de los 15 años, empezó a descargarse un montón de porno francés a nombre de mi madre, como mensajes multimedia o algo así, hablamos de importes de cientos de euros. Una barbaridad en facturas de Telefónica.

Cuando ya nos mudamos a la nueva casa, yo tenía 13 años y él 18. Un día, cogí el teléfono fijo, y leí un mensaje dónde encargaba marihuana a un amigo suyo, y pensé: «Que tonto, ¿por qué no lo borra?». Se lo conté a mi madre, pero supongo que fumar marihuana con 18 años tampoco era ningún delito. Sé que le hicieron hacer un análisis de sangre, supongo que dio negativo.

Vivir con él era un infierno, cada noche, antes de que llegaran nuestros padres, siempre había algún problema que otro, era como una serie de estas que cada día resuelven un caso diferente. Pues igual, era un infierno por capítulos: portazos, gritos, golpes en las paredes, insultos, no sé como mi abuela no sufrió ningún infarto.

Con el coche corría como el que más, un loco. Cuando se compró el nuevo mi abuela decía que ese coche era como un ataúd con ruedas. Y no le faltaba razón, se quedó solo con 1 punto en el carnet. Multas por velocidad, alcohol, y lo que no sabemos…

Su vida era un misterio, nunca sabíamos nada, solo que siempre le faltaba dinero.

No éramos su familia, éramos su banco con interés al 0% y sin devolución.

Sabías cuando necesitaba algo porque era para lo único que se acercaba, para pedir, pedir y pedir.

Yo obviamente crecí, la distancia que había con él era cada vez más grande, no teníamos recuerdos felices a los que aferrarnos, ni siquiera había un interés por lo que hacíamos. A él no le importaba nada yo ni mis problemas, y yo intentaba convencerme de que él a mi tampoco me importaba, pero aunque me esforzaba porque así fuera, mi corazón me conducía a la preocupación, a la tristeza, a la intranquilidad por no saber qué estaba haciendo él. Nada bueno, suponía.

Vivíamos todos con el corazón en un puño, preocupándonos por lo que pudiera pasar al día siguiente, pero nunca nos llegamos a esperar una noticia así: mi hermano, ludópata y drogadicto.

Parecía que la vida nos castigaba por hacer algo indebido, primero se fue mi abuelo, mi abuela tardó 20 días en irse también, y a la semana nos llueven las inmensas deudas de mi hermano, a las que en principio solo achacábamos al juego, pero… qué va, lo peor estaba por llegar. Tras irse a Chile, y volver a los tres meses, apareció en nuestras vidas un polvo blanco, un polvo blanco muy caro, ilegal, que destroza vidas y familias: la cocaína.

La cocaína que casi se lleva a mi hermano por delante, consumido por dentro y por fuera, y con una familia recién rota por las recientes pérdidas, e investidas por las grandes deudas del juego. La cocaína que casi se nos lleva a todos por delante.

Gracias a Dios vimos la luz, el nombre del centro apareció en la boca de un hombre que había salvado y recuperado a su hermano del alcoholismo, y que quiso abrirse conmigo y explicarme su historia.

Diez meses de tratamiento hipocrático, y por mí que sigan muchos más, tantos como hagan falta, para poder abrazar al hermano que nunca tuve, para poder hablar con el hermano que siempre me esquivó, para poder oír un t’estimo molt, de la boca de quien siempre me odió, para tener tranquilidad y pensar que está a salvo, que estamos a salvo, que hay una cuerda que nos sacará del pozo, a él el primero.

Así que concluyo diciendo: Lo que Hipócrates ha unido, que no lo separen las drogas, jamás.

**

(Imagen: Tomasz Mro)

7 comentarios

  • Cossetex

    Un relato desgarrador. Espero que cambien las cosas. Descubrir que tu hermano es fruto de una problemática a la que todos corresponde su porción de responsabilidad va a ser duro pero muy sanador.

  • Gerd

    Ha sido un día muy largo. Estoy cansado. Muy cansado. A punto de irme a dormir…y tomo el móvil para ver las últimas novedades…y leo el inicio de este mensaje…solo un poco…mañana es un día largo nuevamente …pero me engancho con la historia…buffff….q duro!…y encima real….cuánto hemos aprendido con este episodio….solo me queda admirar a los involucrados…a todos!…el adicto nunca lo quiso ser y es el que más tiene q luchar….sabiendo q hay una familia estupenda detrás no tengo NINGUNA duda q el futuro deparará alegrías, enterrando malos recuerdos. Gracias por darnos la oportunidad de aprender y entender mejor la complejidad de la vida!!!

  • M Agustina Roig

    Piel de gallina ,tristeza ,reflejo real de muchas familias ,esperanza….si ,pero …ipocrates? ?? No esta al alcance de muchos de nosotros .I esto es asi y duele duele mucho ver como nuestros familiares se autodestruyen y nos arrastran con ellos .
    Gracias por conpartir .
    Seguiremos luchando

Deja un comentario