Hola, soy Xavi. Soy adicto a las drogas y no me avergüenza reconocerlo.

A los 14 años ya fumaba porros habitualmente, y bebía alcohol hasta emborracharme cada vez que lo permitía la ocasión. A los 17 ya tomaba cocaína y drogas de síntesis en fechas señaladas, y a los 19 entré en contacto con la heroína, siempre fumada, para terminar ingresando en un servicio de salud pública para drogadictos a los 21 años.

Dicho así, suena duro ¿verdad? Parece que esté relatando la historia de un delincuente juvenil proveniente de un barrio marginado. Pero no es así. Yo crecí en una familia muy normal, lo que ahora llaman “estructurada”. Fui a una buena escuela, no solía meterme en problemas graves y de hecho, aprobé todos los cursos hasta llegar a la universidad, donde, entonces sí, abandoné a la primera de cambio.

Ese primer tratamiento no me sirvió de mucho. Abandoné el consumo de heroína, eso sí. Los síndromes de abstinencia me habían asustado. El “mono” no es nada agradable. Me había visto obligado a robar para comprar más jaco, para que terminaran los escalofríos y los retortijones. Me había visto a mí mismo esperando al camello una hora bajo la lluvia, sin apartar la vista de los coches que bajaban por la avenida, llorando y rogando a Dios para que apareciera de una vez ese 206 gris plata. Había perdido mi dignidad y abandonado cualquier otro aspecto de mi vida. Me había convertido en un yonqui. Así que, lección aprendida: nada de heroína.

Aflojé un tiempo, bajé un par de marchas pero seguí consumiendo otras drogas. Por supuesto alcohol, el pan nuestro de cada día. Algo de hachís, para relajarme, claro.  Y ¿cómo no voy  a celebrar de vez en cuando lo bien que me estoy portando? Un poco de coca como premio nunca viene mal. Tenía la esperanza de controlar… el sueño de cualquier adicto.

Conseguí disfrazar mi vida de normalidad durante un tiempo. Encontré un trabajo, empecé una relación de pareja estable e incluso tuvimos un hijo. Pero esta normalidad era solo una máscara detrás de la cual se escondía mi consumo. Seguía siendo un adicto en activo, siempre calculando posibilidades para consumir, esperando la siguiente ocasión, construyendo la próxima justificación para hacer lo único que realmente anhelaba, “pegarme un homenaje”.

A medida que el consumo afectaba más gravemente el lóbulo frontal de mi cerebro, menos fuerza de voluntad tenía yo para contenerme y espaciar los consumos, hasta que me encontré consumiendo dos gramos de coca a diario.

Habitualmente la gente piensa que el adicto es un juerguista, que se pega la vida padre, que le va la marcha y hace lo que le da la gana, pero puede aseguraros que este tipo de vida implica una alta dosis de sufrimiento. La mayor parte del tiempo, lo que rige en tu cabeza es el autoengaño, la negación y la falta de consciencia. Mientras que a ratos, aparecen momentos de lucidez en los que te das cuenta del daño que estás haciendo a tu entorno, tienes un enorme sentimiento de culpa y sientes que has perdido el control de tu vida. Es entonces cuando te prometes a ti mismo un cambio urgente, haces planes para dejar de tomar y convertirte en la persona que realmente quisieras ser.

Lamentablemente, estas promesas suelen caer en saco roto. Uno no tiene la capacidad para cambiar por sí solo, y a la vez, no se atreve a pedir ayuda y destapar todo el tinglado que tiene montado. Me convertí en una persona muy infeliz. Tenía la autoestima por los suelos. Creía ser un monstruo. Un mierda.

Por suerte, las circunstancias se desbordaron y todo mi entorno descubrió el pastel en el que andaba metido. Se asesoraron bien y me cerraron todas las puertas, literalmente, dejándome abierta solamente la que me conducía a la rehabilitación. Una mañana de invierno del 2007 llegaba, rendido y derrotado, a mi ingreso en un centro de desintoxicación.

Lo de que “ese día volví a nacer” suena cursi ¿verdad?, pero realmente es la sensación que tengo cuando a día de hoy, habiendo pasado casi diez años, miro atrás y recuerdo los inicios de mi tratamiento.

Los primeros meses, guiado por mis terapeutas, llevé a cabo un auténtico trabajo de demolición. Me cargué mucho de lo que hasta entonces formaba parte importante de mi vida. Me aparté de personas que habían sido como hermanos o hermanas para mí. Dejé de escuchar mi música, dejé de ir a mis lugares habituales, ¡hasta dejé de utilizar tacos!. Pero sobretodo, dejé de responder a las circunstancias de la vida del mismo modo que respondía antes. Prohibido discutir, prohibido querer tener la razón, prohibido lamentarse y hacerse la víctima, prohibido mentir.

A la vez que iba eliminando de mi vida todas esas actitudes tóxicas, empecé a construir los cimientos sobre los que levantar mi nuevo proyecto de vida. Según mi grupo de terapia, estos debían ser la honestidad, la constancia, el esfuerzo, la estabilidad, la coherencia, la responsabilidad… Curiosamente, encontré una enorme gratificación en ese proceso. Yo que siempre había sido el que llegaba tarde y desaliñado, el que ponía excusas, el que se escaqueaba de todo, empecé a llegar cinco minutos antes a los sitios, habiendo realizado algo de actividad física a primera hora, sintiéndome bien, yendo con la verdad por delante, siendo claro, sin tener que esconderme ni justificarme por nada porque todo lo que hacía podía publicarse al día siguiente en cualquier periódico y no habría nada de lo que avergonzarme. Esto te hace sentir muy bien, os lo aseguro.

Más adelante, y con estos nuevos cimientos, pude empezar a definir mi nuevo proyecto, decidí formarme como educador social y cuando salió la oportunidad empecé a trabajar yo mismo en un centro de rehabilitación para drogodependientes. Así podría acompañar a otros en un proceso parecido al mío. Algo que me había ido tan bien a mí, tenía que poder compartirlo.

Hoy, escribiendo este testimonio, miro atrás y me doy cuenta de cómo el consumo me convirtió en una persona que no era, y de hasta qué punto la recuperación me dio la oportunidad de reiniciarme y diseñar un nuevo yo. Durante muchos años, fui Xavi el drogata. Durante varios otros años fui Xavi el adicto en recuperación. Pero hoy, todo eso se queda corto.

Ahora soy Xavi, el padre de mis dos hijos, el enamorado de mi mujer, el educador social, el terapeuta de adicciones, el aficionado al deporte, el guitarrista amateur. Soy todo eso que la droga había ahogado y lo que es mejor, tengo la posibilidad de ser lo que yo decida.

De hecho, me estoy dando cuenta que esto de escribir tiene lo suyo, me gusta. Tal vez también pueda ser Xavi, el colaborador de este blog, ¿no creéis?

 

 

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