—¿QUIÉN HA TIRADO los hipnóticos del perro? ¡Tráelos! —supliqué.

Pero me ignoraba. Quizá me miraba un poco, pero solo de reojo. Estaba muy enfadado conmigo. Él se iba a trabajar y yo no podía resolver la situación que se estaba dando ahí mismo, en el salón de mi casa. Sin los hipnóticos no había nada que hacer, tendría que bajar al bar donde mis vecinos se tomaban en ese momento un café con la ensaimada que tanto asco me daba. Y con esa mezcla de náusea y vergüenza tendría que comprar la botella de whisky con la que ―ya que no tenía los hipnóticos― resolver el conflicto de arriba.

Yo tenía veintidós años, tres perros y varios gramos de cocaína en casa. Seguir leyendo…

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