Este texto nos lo envía Sisco.

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Mercè y yo nos conocimos hace algo más de treinta años. Con el tiempo, descubrimos que teníamos algunas cosas en común y empezamos el “festejo”. Los primeros años fueron como un cuento de hadas lleno de ilusiones. Pero fue muy poco después de nuestra boda cuando empecé a percibir actitudes un tanto anormales. Se enfadaba por minucias, criticaba sin motivos aparentes a personas y situaciones acaecidas en su día a día, despotricaba, despreciaba y culpabilizaba a los demás de su malestar. Yo la escuchaba, intentaba menguar su rabia, la calmaba y le hacía ver los hechos desde otro punto de vista. Yo no discutía. Ella, por entonces, lograba reducir la intensidad de su ira y, en poco rato, volvía a la sensatez y normalidad.

En los encuentros familiares o con amigos era la más alegre, la reina de la fiesta. Me sentía bien a su lado, era una fuente de energía. Pero ese tipo de días empezaron a acabar mal, se crecía en medio de conversaciones sin ton ni son, absurdas. Pretendía que todo el mundo claudicara a sus pensamientos y, al no conseguirlo, su irritación aumentaba: ella siempre tenía que ser el centro de atención.

¡Yo creía que estas actitudes eran pasajeras y fruto de un mal día!

Cuando se quedó embarazada, su comportamiento hostil se diluyó, era otra persona, volvía a ser la mujer que yo había conocido años atrás. Pero una vez que nació nuestra hija, surgieron de nuevo episodios extraños en su conducta. Esta vez con mucha más frecuencia y agresividad. Ante familiares y amigos íntimos, excusaba sus comportamientos achacándolos a la depresión postparto, pero la cosa se alargaba demasiado, cada día que pasaba se volvía más manipuladora. Constantemente me metía en embolados inverosímiles, se inventaba historias inimaginables, veía cosas inexistentes, discutía argumentos indiscutibles, todos sus deseos eran una utopía, inalcanzables. Se estaba convirtiendo en una autentica bruja.

Algo no funcionaba y yo continuaba pensando que todo aquello era normal en la vida: un día bueno, uno malo, y así sucesivamente. ¡Todavía tenía un enorme y tupido velo en los ojos!

Llegaron sus grandes depresiones, sus intentos de suicido, sus desprecios e insultos hacía mí, hacia mi familia y hacía todos los seres que yo más quería. Comenzamos las discusiones fuertes. Era un no vivir. El maltrato psicológico estaba haciendo mella en mi persona, a la vez que ella se consumía.

Visitamos médicos y psicólogos, me estaba volviendo loco. No sabía qué pasaba en mi vida. La respuesta por parte de los profesionales a los que acudimos siempre era la misma: «Ustedes tienen un problema de pareja».

Empezó a tener mareos muy continuos, prácticamente a diario, no podía levantarse del sofá, sus andares eran curvilíneos, el pasillo de casa se le volvía estrecho, la mirada la tenía ida… Empecé a relacionar el consumo de alcohol con sus comportamientos y, efectivamente, acerté. Pero al descubrirlo me hundí. No me lo creía. No me podía pasar a mí.

Estuve controlando durante muchísimo tiempo las botellas que había en casa, las que desaparecían, las que volvían a llenarse y vaciarse continuamente, las que escondía por toda la casa, las compras diarias en los supermercados, cada día en uno diferente… Adónde iba, con quién estaba, qué hacía… Cada día me castigaba más y más mientras buscaba nuevos indicios de su consumo. Era una auténtica locura.

Después de los altercados, ella me repetía continuamente que nunca más volveríamos a discutir, que era la última vez que bebía. Pero no había nada que hacer, todos los días eran clonados.

En varias ocasiones deseé su muerte, no quería que volviera a casa nunca más, no soportaba su presencia cercana y estaba harto de amenazarla con irme y dejarla sola. Tenía miedo de hacer alguna locura en cuanto volviéramos a la controversia, ya no sabía controlarme, la situación se me escapaba de las manos. Tuve la maleta preparada en varias ocasiones, quería desaparecer. Pero NUNCA pude irme, había algo que me impedía marcharme y dejarla sola con su locura.

Se me revolvía el estómago solo de pensar en sus desmesurados estados ebrios, sus mareos, sus temblores, sus cambios de frío a calor en un abrir y cerrar de ojos, los interminables fines de semana sin moverse de la cama, las continuas excusas para esconder la situación… No podía dejarla así. Hubiera sido un miserable. Me hubiera arrepentido toda mi vida.

En diciembre de 2016 la convencimos en un día de tímida lucidez, con la inestimable ayuda de su hermana y mi hija, para que ingresara en un centro de adicciones y así intentar poner fin a este agotador y largo malvivir que acarreábamos desde hacía años.

Ingresó durante el mes siguiente, en enero del 2017, y fue en mi primera terapia de pareja, cuando por fin pude ver una luz al final de aquel largo y oscuro túnel. Respiré como nunca jamás había respirado. Mis interminables dudas, miedos y preguntas, empezaban a tener respuesta. No estaba solo, todos hablábamos el mismo idioma, todos teníamos el mismo denominador común. La lógica y la coherencia empezaban a unirse de nuevo en mi vida.

Sé que tengo un largo camino a recorrer y que la paciencia es clave en mi recuperación, pero estoy empezando a detectar todo aquello que alimenta mi coadicción y a controlarlo, a disfrutar de la soledad y, cuando toca, de la compañía, a tomar decisiones y tener la libertad y tranquilidad de acertar o equivocarme sin lamentarme.  Estoy aprendiendo a decir NO y a caminar con paso firme sin mirar atrás.  Necesito valorarme y quererme mucho más.

Es difícil imaginar que te puede pasar a ti. Ves y detectas el malvivir de los demás, pero eres incapaz de ver el tuyo mismo. En cuanto percibes un problema, te acercas y buscas solución; y cuando no tienes ninguno, te lo creas o lo buscas para sentirte realizado…  Para poder sentirte mejor.

Ahora me he dado cuenta que yo, como coadicto, necesitaba estar mal para sentirme bien.

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(Imagen: Emilio Villalba)

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