Este texto nos lo envía Marta, una de las personas que forman parte del grupo de autoyuda que dirige María Aranzadi.

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Cuando me reencontré con Jaume, después de casi 20 años, nos enganchamos el uno al otro. Nunca había sentido una conexión tan grande por nada ni por nadie. Coincidíamos en todo, nos entendíamos, reíamos… Era perfecto. Llevaba toda mi vida imaginando que nos encontrábamos, que estaríamos juntos, idealizándole hasta convertirle en alguien irreal, y que me había servido de refugio en mi imaginación cuando yo no estaba bien. Fue mi salvador imaginario.

Yo había encontrado a alguien que me hacía sentir bien, que me decía cosas bonitas,  que tenía planes de futuro  conmigo, que me hacía disfrutar de todo. Me veía a través de sus ojos porque yo ni me miraba, ni tampoco me conocía.  Y él, en mí debió ver a la chica responsable, buena, entregada y centrada que ya conoció en el colegio y que, con su “sensatez”, le ayudaría a llevar un tipo de vida tranquila y normal. Me convertiría en su salvadora real.

Pero todas estas expectativas que pusimos el uno en el otro, nunca nos las dijimos y simplemente esperamos que, por arte de magia, se cumplieran.

Habíamos encontrado nuestra media naranja. Y digo media porque allí no había naranja entera alguna. Los dos nos necesitábamos de forma enfermiza y fuimos las dos caras de la misma enfermedad.

Todo iba bien hasta que dejó de ir. Sus comportamientos distaban del ideal que había planeado, pero siempre lo justifiqué delante de mi familia y amigos, para no volver a decepcionarlos y evidenciar que había vuelto a fracasar con mi nueva elección de pareja. ¿Cómo podía ser que siempre me equivocara? ¿Es que no aprendía nada? ¿Cómo me pudo pasar esto si me acababa de separar del padre de mi hija que era para mí una persona tóxica y asfixiante? Para mí fue eso, una gran decepción, vergüenza, otro nuevo fracaso, una tristeza inmensa y un vacío aún mayor cuando me enteré que él era adicto.

Nunca vi (o no quise ver) que lo nuestro no era aquello que imaginé. Sentí mucha rabia e impotencia por haber fastidiado mis planes perfectos de vida ideal que tanto había soñado. Lo culpé a él porque era más fácil que asumir que el error tenía que ver conmigo; era demasiado fuerte para mí, asumir que estaba rota.

Pero hace un año, su familia y yo decidimos que debía ingresar en un centro (la situación era insostenible y Jaume había desaparecido). Todo él era enfermedad en su máxima expresión. Fueron días muy duros, durísimos, para todos.

Recuerdo cómo llegué a mi primera terapia de pareja. Casi no podía hablar de tanto llorar, llegué destrozada y agotada. Aunque yo no me daba cuenta (hacía ya mucho que no me miraba en el espejo) llegué con el rostro tenso, con los ojos llenos de rabia y de dolor. Y también recuerdo las palabras de la terapeuta cuando me dijo: «Él está enfermo y no lo podía hacer de otra manera. ¿Y si te digo que tú también estás enferma y que no lo podías hacer de otra manera? Tu enfermedad se llama coadicción».

¡Por fin! Aquella palabra sonó, como diría la canción, como una tirita para mi corazón partío. Por fin alguien ponía freno a tanta culpa, tanto cansancio, tanta “mala suerte”. Porque saber que estaba enferma ponía nombre a tanto sufrimiento, le encontraba la lógica y las explicaciones que siempre había buscado y podía entender algo más de lo que me pasaba. De verdad sentía la necesidad de tener una etiqueta para poderla, más adelante, romper gracias al tratamiento.

La suerte no depende de nosotrxs, se escapa de nuestro control,  pero estar en tratamiento sí. Y yo tenía ganas de poner un nuevo rumbo en mi vida, en la que yo tuviera la responsabilidad, el derecho y el placer de vivirla. Hasta entonces había ido a la deriva, viviendo la vida de los demás, anteponiendo los deseos, las expectativas, los valores de otros a los míos, como si no fueran tan importantes. Yo sabía que no podía ser casualidad todo lo que me pasaba. Era demasiado para una sola persona. Algo tenía que ver conmigo. Luego descubrí que no era sólo algo, sino que todo tenía que ver conmigo. Yo lo había permitido.

Con este tratamiento estoy aprendiendo el a,b,c de la supervivencia:

  • Mírate, quiérete, perdónate, acéptate y respétate a ti mismx en primer lugar. Tú eres lo más importante para ti.
  • Lo que hagan, piensen, digan o les pase a los demás no depende de mí. ¡Qué descanso!

Y así, pasito a pasito, sin que sea un camino fácil ni lineal, aprendo cada día que nunca volveré a estar sola, a priorizarme, a apartarme del sufrimiento a la que estaba enganchada,  a hacer lo que me gusta a mí a pesar de lo que esperen los demás, a estar sola sin sentirme sola y a entender que «cariño, te quiero mucho pero yo me quiero más».

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