«Echarte la siesta es la antesala de la recaída», me dijo una compañera en la terapia de grupo. No pude hacer otra cosa que descojonarme. ¿De qué me estaba hablando aquella tía? ¿Cómo que la antesala? ¿Una maldita siesta? ¿En serio?

Durante las primeras semanas en desintoxicación pensé que aquella gente estaba zumbada. Insistían en decir que si nos salíamos un milímetro de lo que estaba pautado en nuestra rutina (despertador a las 7h, desayuno a las 8h, deporte a las 9h, terapia a las 10h, comida a las 14h, puzzle a las 15h, terapia otra vez a las 17:30h, cena a las 21h y finalmente cama a las 22:30h), volveríamos a consumir. Para mí la siesta es sagrada, mi nivel de energía siempre ha sido bajo y las noches las paso con pesadillas, así que dormir un rato después de comer hace que yo pueda funcionar mejor en el día a día. Pero en la clínica la siesta estaba terminantemente prohibida. ¿Por qué? Pues sencillamente porque es otra manera de evadirse y cuando estamos recuperándonos lo que tenemos que intentar es estar presentes en todo momento, por mucho de duela. Porque duele que te cagas, os lo aseguro.

Lo que para cualquiera es una simple siesta, para nosotros es una manera de ahorrarnos un rato de vida, un paréntesis en el que no sentir nada, como un pequeño oasis. Tanto es así que, hasta que yo no entendí que era malo para mí, me pasaba el día esperando ese ratito de tregua. Por eso, cuando la compañera oyó que yo me había dormido después de comer, me empezó a decir cosas como que «estaba en falso», «no iba a tirar palante», «no quería recuperarme», «estaba pasando por el tratamiento de puntillas», «me lo iba a tomar todo», etc, etc… ¡Quise lanzarme a su yugular! Y, por supuesto, tuve que «agarrarme a la silla» para no levantarme y largarme en ese mismo instante de la terapia.

Nos «agarramos a la silla» cada vez que nos dicen algo que no nos gusta, cuando tenemos ganas de consumir y nos cuesta la vida aguantar esas dos horas en las que cada una de las personas que están ahí, van a hacer todo lo que esté en sus manos para evitar que consumamos. Nos «agarramos a la silla» cuando nos enfadamos y queremos mandar a la mierda a la terapeuta, la enfermera, monitor, madre, padre o compañero. Nos «agarramos a la silla» cuando tenemos ganas de sexo —tantas que nos duele la piel— y no queremos entender que esas ganas no son de sexo sino de consumir. Nos «agarramos a la silla» cuando hemos hecho algo que no nos ayuda (como la siesta) y el grupo nos indica, mediante la confrontación como hizo mi compañera, que eso nos va a llevar a recaer.

«Agarrarse a la silla», en definitiva, es una expresión que utilizamos para referirnos al esfuerzo sobrehumano que supone hacer un acto de fe —poniendo nuestro propio criterio en duda— y asumir que lo que nos están diciendo tanto compañeros como terapeutas persigue un único objetivo: que dejemos de consumir y nos recuperemos.

A mí me vino muy bien aprender a «agarrarme» bien fuerte porque es algo que he utilizado y utilizo a día de hoy en mi día a día. Puede ser en una reunión de trabajo en la que se está diciendo algo que no me gusta, en un encuentro familiar desagradable o frente a un amigo o amiga que me dicen alguna verdad que duele. En esos momentos ya tengo el hábito de quedarme en silencio y ponerme en duda para poder recibir lo que me dice, valorarlo, ver cómo me sienta y, finalmente, poder responder con cierta serenidad.

Cada cierto tiempo iremos publicando palabras, expresiones que se utilizan en el tratamiento y que van envolviéndonos en un contexto escrupulosamente terapéutico (las podréis encontrar todas en la etiqueta “ DiccionarioFMA”).

Porque para dejar las drogas todo cuenta, hasta el lenguaje.

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